
Vivo en una ciudad moderna, cosmopolíta, multicultural, políglota, cool, trendy, fashion y mediterranea (entre otras cualidades que se le suponen a cualquier ciudad que esté orgullosa de sí misma y que quiera aparecer constantemente en esas biblias de la modernidad como Wallpaper. Mi ciudad pertenece a un país de sólida cultura cafetera, como lo puedan ser Roma, Viena o París.
Recientemente ha salido un estudio hecho por un periódico de la ciudad donde calcularon lo que costaba hacer un café para un barista: 0,13 euros. ¿Sorprendido/a? Deberias estarlo, porqué teniendo en cuenta que lo más barato que hoy en día he conseguido pagar por un triste cortado es 1,10 euros, los beneficios me hacen replantearme qué quiero ser de mayor. Cortado, por supuesto (así me sentiré muy valorado).
También tengo que decir que hasta ahora el record de precio que he tenido que pagar por tan beneficioso producto (que no sea en un hotel o similares) han sido 1,45 euros. Sé que por ahí han pagado hasta 1,80 euros ¡¡¡¡¡Por un cortado!!!!!!
Hace unos meses tuve la oportunidad de pasearme por la bella Roma. Hacía casi tres años que no iba y noté un significativo aumento en los precios de las cosas, y el café entre ellas. Un macchiato (lo más pareceido a nuestro cortado) me costó 1 euro. Me dolió porque la última vez, tres años atrás había pagado 0,70 euros, pero al menos sabes que hasta en el más infecto de los cuchitriles tienes garantías de tomarte un café que sabe a dioses.
A eso lo llamo yo un país con cultura de café, un país que siente orgullo de su comida y su bebida, unos baristas que se preocupan de que las máquinas estén bien ajustadas (y hecho por profesionales).
En canbio, aquí, donde la mayoría de bares y restaurantes hacen el café con las mismas cafeteras de fabricación italiana, nos están sirviendo agua sucia a precio de oro.
Antes, iba mirando donde iba a comerme un bocadillo o a comerme un menú porque según el sitio sabía que no me quería arriesgar. Ahora, hasta para el café me miro los cortados que sirven y como manejan la cafetera antes de decidirme a entrar y arriesgarme a pedir café.
Me gustaría que alguien me explicara hasta donde tengo derecho de negarme a beber (y pagar, claro) un cortado que sabe a todo menos a cortado. Si entro en un bar ya acepto lo que me vayan a cobrar porque hay siempre una lista de precios y si no me gusta pues me voy a otra parte, pero si encima está malo, ya es lo último de lo de "cornut i pagar el beure".